jueves, 13 de agosto de 2009

LOS INSTINTOS Y SUS DESTINOS

El verdadero principio de la actividad científica consiste mas bien en la descripción de fenómenos, que luego son agrupados, ordenados y relacionados entres sí.
Pero el progreso del conocimiento no tolera tampoco la inalterabilidad de las definiciones; en la Psicología no podemos prescindir del instinto.
En el campo de la Filosofía nos da el concepto del estímulo y el esquema del arco reflejo, un estímulo aportado desde el exterior al tejido vivo, el cual es derivado hacia el exterior por medio de la acción.
El instinto será entonces un estímulo para lo psíquico, evidentemente existen otros estímulos distintos a los instintivos y que se comportan más bien de un modo análogo a los fisiológicos.
Los estímulos instintivos no proceden del mundo exterior, sino del interior del organismo; por esta razón actúan diferentemente sobre la anímico y exigen, para su supresión, distintos actos, además actúa como un impulso único, pudiendo ser suprimido mediante un único acto adecuado, cuy tipo será la fuga motora ante la fuente de la cual emana.
El instinto, no actúa nunca como la fuerza del impacto momentánea, sino siempre como una fuerza constante; el estimulo instintivo se denomina como necesidad y lo que suprime esta necesidad es la satisfacción.
La sustancia perceptora del ser viviente hallará así, en la eficacia de su actividad muscular, un punto de apoyo para distinguir un exterior de un interior.
La esencia del instinto primeramente en sus caracteres principales, su origen de fuentes de estímulo situadas en el interior del organismo y su aparición como fuerza constante, y derivamos de ella otra de sus cualidades: la ineficacia de la fuga para su supresión. Los instintos y no los estímulos externos son los verdaderos motores de los progresos que han llevado a su actual desarrollo al sistema nervioso, tan inagotablemente capaz de rendimiento.
Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra el instinto como un concepto de limite entre lo anímico y lo somántico.

Términos empleados en relación con el concepto de instinto: perentoriedad, fin, objeto y fuente del instinto.
Por perentoriedad se entiende su factor motor la suma de fuerza o la cantidad de exigencia de trabajo que representa.
El fin siempre es la satisfacción, sólo puede ser alcanzada por la supresión del estado de estimulación de la fuente del instinto, los instintos coartados en su fin, son procesos a los que se permite avanzar cierto espacio hacia la satisfacción del instinto, pero que experimentan luego una inhibición o una desviación
El objeto del instinto es la cosa en la cual puede el instinto alcanzara su satisfacción, es lo más variable del instinto, puede darse el caso que el mismo objeto sirva simultaneamente a la satisfacción de varios instintos. Cuando un instinto aparece ligado de un modo intimo y estrecho al objeto, se habla de una fijación de dicho instinto, con gran frecuencia en periodos muy tempranos del desarrollo de los instintos y pone fin a la movilidad del instinto de que se trate.
Por fuente, aquel proceso somático que se desarrolla en un órgano o una parte del cuerpo, y es representado en la vida anímica por el instinto.

Aunque el h echo de nacer de fuentes somáticas sea en realidad lo decisivo para el instinto, este no se nos da a conocer en la vida anímica sino por sus fines.
¿Habremos de suponer que los diversos instinto procedentes de lo somático y que actúan sobre lo psíquico se hallan también caracterizado por cualidades diferentes y actúan por esta causa de un modo cualitativamente distinto de la vida anímica?.
Todos los instintos son cualitativamente iguales y que su efecto no depende sino de las magnitudes de excitación que llevan consigo y quizá de ciertas funciones de esta cantidad.
Podemos distinguir dos grupos de estos instintos primitivos: el de los instintos del yo o instintos de conservación y el de los instintos sexuales.
La ocasión de establecerla ha surgido cuyo primer objeto se da el nombre de neurosis de transferencia, estudio que nos llevó al conocimiento de que en la raíz de cada una de tales afecciones existía un conflicto entre las aspiraciones de la sexualidad y las del yo.
La Biología enseña que la sexualidad no puede equipararse a las demás funciones del individuo, dado que sus propósitos van más allá del mismo y aspiran a la producción de nuevos individuos, o sea a la conservación de la especie.
Dos distintas concepciones de la relación entre el yo y la sexualidad: una para la cual es el individuo lo principal, la sexualidad una de sus actividades y la satisfacción sexual una de sus necesidades, y otra que considera al individuo como un accesorio temporal y pasajero del plasma germinativo casi inmortal, que fue confiado por el proceso de generación. Los instintos sexuales es el único grupo de instinto que ha sido posible aislar y considerar por separado en las psiconeurosis.
El fin al que cada uno de ellos tiende es la consecución del placer del órgano, u sólo después de su síntesis entran al servicio de la procreación, de los cuales siguiendo también en la elección de objeto los caminos que los instintos del yo les marcan. Parte de ellos permanece asociada a través de toda la vida a los instintos del yo, aportándoles componentes libidinosos y sólo se hacen claramente perceptibles en el comienzo de una enfermedad. Se caracterizan por la facilidad con a que se reemplazan unos a otros y por su capacidad de cambiar indefinidamente de objeto.

De estos destinos nos han dado a conocer la observación siguiente:
La transformación en lo contrario
La orientación hacia la propia persona
La represión
La sublimación

La transformación en lo contrario de descompone, al someterla a un detenido examen, en dos distintos procesos, el cambio de un instinto desde la actividad a la pasividad y la inversión de contenido. Ejemplo del primer proceso: sadismo-masoquismo y placer visual (excopofilia), exhibición.
El fin activo es sustituido por el pasivo. La inversión de contenido se nos muestra en un solo ejemplo: la transformación de amor en odio.

La orientación hacia la propia persona, queda aclarada en cuanto el masoquismo no es sino un sadismo dirigido contra el propio yo y que la exhibición entraña la contemplación del propio cuerpo, el masoquismo también en el es alcanzada la satisfacción por el camino del sadismo primitivo, transfiriéndose en fantasía el pasivo yo a su lugar anterior, abandonado ahora al sujeto extraño.
El verbo activo no se convierte en pasivo sino en verbo reflexivo intermedio.
Ahora bien el psicoanálisis parece demostrar que el causar dolor no se halla integrado entre los actos finales primitivos del instinto.
El goce del dolor sería pues, un fin originariamente masoquista; pero que sólo se convierte en fin del instintivo en alguien primitivamente sádico a lo que se puede añadir que la compasión es la formación reactiva contra el instinto.
Otro fin de los instintos es la contemplación y la exhibición, según las sgtes fases.
a) la contemplación como actividad orientada del instinto de contemplación
b) el abandono del objeto, la orientación del instinto de contemplación hacia una parte del cuerpo de la propia persona y con ello la transformacipon en pasividad y el establecimiento del nuevo fin: el ser contemplado.
c) El establecimiento de un nuevo sujeto al que la persona se muestra para ser por él contemplado.

Pero surge una importante diferencia con el caso del sadismo, diferencia consistente en que el instinto de escopofilia es en efecto autoerótico al principio de su actividad, posee un objeto, pero lo encuentra en el propio cuerpo. Solo más tarde es llevado a cambiar este objeto por una parte análoga del cuerpo ajeno.
El esquema del instinto de escopofilia podría establecerse como sigue:
a) Uno contempla un órgano sexual= Un órgano sexual es contemplado por uno mismo.
b) Uno contempla un objeto ajeno (escopofilia activa)
c) Un objeto que puede ser uno mismo o parte de uno es contemplado por una persona ajena (exhibicionsimo).
Tal fase preliminar no se presenta en el sadismo, el cual se orienta desde un principio hacia un objeto ajeno, la transformación de los instintos por cambio de actividad en pasividad y por orientación hacia la propia persona nunca se realiza en la totalidad del contingente instintivo.
El Instinto de escopofilia sería la de que todas las fases evolutivas del instinto, tanto la fase preliminar auto-erótica como la estructura final activa o pasiva, continúan existiendo conjuntamente. La vida de cada instinto puede considerarse dividida en diversas series de ondas, temporalmente separadas e iguales, dentro de la unidad de tiempo.
El hecho de que en tal época ulterior del desarrollo de un impulso instintivo se observa, junto a cada movimiento instintivo, su contrario (pasivo) merece ser expresamente acentuado con el nombre de ambivalencia.
En la fase preliminar del instinto de escopofilia, en la cual el placer visual tiene como objeto el propio cuerpo, pertenece al narcisismo y es una formación narcisista.
Podemos decir de ellos en general, que actúan autoeróticamente, su objeto es pasado por alto ante el órgano que constituye su fuente y coincide casi siempre con él.
En los instintos autoeróticos es tan decisivo el papel de la fuente orgánica, que según una hipótesis de P. Federn (1913) y L. Jekeis (1913), la forma y la función del órgano deciden la actividad o pasividad del fin del instinto.
En cambio de contenido de un instinto en su contrario no se observa sino en un único caso, en la conversión del amor en odio.
El amor es susceptible de tres antitesis: amar-odiar, existe la de amar y ser amado, conjutamente se oponen a la indiferencia, amar – ser amado corresponde a la transformación de la actividad a la pasividad, y puede ser referida, a una situación fundamental, la de amarse a sí mismo, la vida animica es dominada en general por tres polarizaciones:
Sujeto (yo) – Objeto (mundo exterior)
Placer-Displacer
Actividad-Pasividad
La antítesis yo-no yo (lo exterior) (sujeto-objeto) es impuesta al individuo muy tempranamente, por la experiencia de que puede hacer cesar, mediante una acción muscular, los estímulos exteriores, careciendo en cambio de toda defensa contra los estímulos instintivos. La polarización placer-displacer acompaña a un serie de sensaciones; la actividad-pasividad, el yo sujeto es pasivo con respecto a los estimulos exteriores, pero activo a través de sus propios instintos.

Existe una situación primitiva psíquica en la cual coinciden dos de ellas. El yo se encuentra originariamente al principio de la vida anímica, revestido de instintos, y es en parte capaz de satisfacer sus instintos en si mismo, dándole el nombre de narcisismo y de autoerótica a la posibilidad de satisfacción correspondiente
Establecida la coincidencia de las dos polarizaciones, o sea la del yo-sujeto con placer y la del mundo exterior con el displacer, con la entrada del objeto en la fase del narcisismo primario alcanza también su desarrollo la segunda antítesis del amor:el odio.
El objeto es aportado primeramente al yo, por los instintos de conservación, que lo toman del mundo exterior, y no puede negarse que también el primitivo sentido del odio es del de la relación contra el mundo exterior, ajeno al yo y aportador de estímulos. La indiferencia le cede el lugar al odio o la aversión, después de haber surgido primeramente como precursora del mismo. El mundo externo, el objeto y lo odiado habrían sido al principio idénticos. Cuando luego demuestra el objeto ser una fuente de placer es amado, pero también incorporado al yo de manera que para el yo de placer purificado coincide de nuevo el objeto con lo ajeno y lo odiado.
Amor-indiferencia refleja la polarización “placer-displacer” enlazada con la primera. Después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto.
De los objetos que sirven a la conservación del yo no decimos que los amamos, sino acentuamos que necesitamos de ellos, añadiendo quizá una relación distinta por medio de palabras expresivas de un amor muy disminuido, tales como las de agradar, gustar, interesar.
La palabra amar se inscribe en la esfera de la pura relación del placer del yo con el objeto y se fija, por último, a los objetos estrictamente sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidad de los instintos sublimados.
En la palabra odiar no aparece esa relación tan intima con el placer sexual y la función sexual. El verdadero prototipo de la relación de odio no procede de la vida sexual sino de la lucha del yo por su conservación y mantención.
El odio y el amor no han surgido de la disociación de un todo original, sino que tienen diverso origen y han pasado por un desarrollo distinto y particular cada uno.
Aparecen etapas preliminares del amor, la primera es de incorporación o devorar, supresión de la existencia separada del objeto y puede por tanto, ser calificada por ambivalente. En la fase superior de la organización pregenital sádicoanal surge la inspiración al objeto en la forma de impulso al dominio.
El odio es como relación con el objeto, más antiguo que el amor. Nace de la repulsa primitiva del mundo exterior emisor de estímulos por parte del yo narcisista primitivo.
Cuando los instintos del yo dominan la función sexual, como sucede en la fase de la organización sadicoanal, prestan al fin del instinto los caracteres del odio.
El odio mezclado al amor procede en parte de las fases preliminares del amor no superadas aún por completo, y en parte de reacciones de repulsa de los instintos del yo, el odio realmente motivado es reforzado por la regresión del amor a la fase preliminar sádica, de manera que el odio recibe un carácter erótico, asegurándose la continuidad de una relación amorosa.
La tercera antitesis del amor, o sea la transformación de amar en ser amado, influencia de la polarización de actividad y pasividad, en resumen los destinos de los instintos consisten en que los impulsos son sometidos a la influencia de las tres grandes polarizaciones que dominan la vida anímica, de lo que se podría decir que la de actividad-pasividad es la biológica; la de yo –mundo exterior, la re realidad y la de placer-displacer, la polaridad económica.

LA REPRESION: Otro de los destinos de un instinto puede ser el de tropezar con resistencias que intenten despojarlo de su eficacia, pasa el instinto al estado de represión, un estimulo exterior, sería la fuga. Pero tratándose del instinto, el yo no puede huir de si mismo, el enjuiciamiento reflexivo del instinto constituyen para el individuo excelente medio de defensa contra él. La represión constituye una fase preliminar de la condena, una noción intermedia entre la condena y la fuga.
¿Por qué ha de sucumbir a tal destino un impulso instintivo? Sería condición indispensable que la consecuencia del fin del instinto produjese displacer , cierto proceso por el cual el placer, producto de la satisfacción queda transformado en displacer.
Puede suceder que un estímulo exterior llegue a hacerse interior y así constituirse una nueva fuente de perpetua excitación y aumento constante de la tensión.
Tampoco hallamos el proceso de la represión en los casos de extrema tensión producida por la insatisfacción de un instinto. Será condición indispensable de la represión el que la fuerza motivacional de displacer adquiera un poder superior a la del placer producido por la satisfacción, la represión no puede surgir hasta después de haberse establecido una precisa separación entre la actividad anímica consciente y la inconsciente. La esencia de la represión consiste exclusivamente en rechazar y mantener alejados de lo consciente a determinados elementos.
Una primera fase de la represión , una represión primitiva representación psíquica del instinto se le ve negado el acceso a la conciencia. Produce una fijación o sea que la representación de que se trate perdura inmutable a partir de este momento, quedando el instinto ligado a ella.
La segunda fase, o sea la represión propiamente dicha, recae sobre las ramificaciones psíquicas de la representación reprimida o sobre aquellas series de ideas procedentes de fuentes distintas, pero que han entrado en conexión asociativa con dicha representación. La represión es una fuerza opresiva, posterior. La tendencia a la represión no alcanzaría jamás sus propósitos si estas dos fuerzas no actuasen de consumo y no existiera algo primitivamente reprimido que se halla dispuesto a acoger lo rechazado por lo consciente.
La representación del instinto se desarrolla más libre y ampliamente cuando ha sido sustraída por la represión, a la influencia consciente. Crece en la oscuridad y encuentra formas extremas de expresión. Esta engañosa energía del instinto es consecuencia de un ilimitado desarrollo en la fantasía y del estancamiento consecutivo a la frustración de la satisfacción. Cuando tales ramificaciones se han distanciado suficientemente de la representación reprimida, bien por deformación, bien por el número de miembros interpolados, encuentran ya libre acceso a la conciencia. En el ejercicio de la técnica psicoanalítica invitamos al paciente a producir aquellas ramificaciones de lo reprimido que por su distancia o deformación pueden eludir la censura de lo consciente. Los síntomas neuróticos son ramificaciones de lo reprimido, que consiguen, por fin con tales productos, el acceso a la conciencia negado previamente. La represión labora, pues, de un modo altamente individual así como móvil en alto grado. La represión exige un esfuerzo continuado, cuya interrupción la llevaría al fracaso, haciendo preciso un nuevo acto represivo, lo reprimido ejerce una presión continuada en dirección de lo consciente, siendo por tanto necesaria para que el equilibrio se conserve, una constante presión contraria. Tratándose de ramificaciones no reprimidas de lo inconsciente, la magnitud de la energía psíquica define el destino de cada representación. El factor cuantitativo es decisivo para la aparición del conflicto, el incremento de la carga de energía produce, en todo lo que a la represión se refiere, los mismos efectos que la aproximación a lo inconsciente. Paralelamente, la disminución de dicha carga equivale al alejamiento de lo inconsciente o de la deformación.
La represión de una representación del instinto, entendiendo como tal una idea o grupo de ideas a las que el instinto confiere cierto montante de energía psíquica. Otro elemento de la representación psíquica de montante de efecto y corresponde al instinto en tanto se ha separado la idea y afectos. El destino general de la idea que representa al instinto no puede ser sino el de desaparecer de la conciencia, si era conscientes o verse negado el acceso a ella. El destino del factor cuantitativo de la representación del instinto puede tener tres posibilidades:
a) El instinto puede quedar totalmente reprimido y no dejar vestigio alguno observable; b) puede aparecer bajo la forma de un afecto cualitativamente coloreado de una forma u otra, y c) puede ser transformado en angustia.
El motivo y la intención de la represión eran evitar el displacer. Si limitamos la investigación a los resultados observables en la parte ideológica de la representación, descubrimos que la represión crea regularmente una formación sustitutiva. La represión deja síntomas detrás de sí. El problema de si podemos hacemos coincidir la formación de sustitutivos con la de síntoma y en caso afirmativo, el mecanismo de esta última con el de la represión no es la represión misma la que crea formaciones sustitutivas y síntomas. Estos últimos deberían su origen como signos de un retorno de lo reprimido a procesos totalmente distintos.
En deducción se hace constar: 1. Que el mecanismo de la represión no coincide, en efecto, con el o los mecanismos de la formación de sustitutivos; 2. Que existen muy diversos mecanismos de formación de sustitutivos y 3. Que los mecanismos de la represión poseen, por lo menos, un carácter común: la sustracción de la carga de energía
Limitándose a las tres psiconeurosis, encuentran su aplicación al estudio de la represión, comenzando por la histeria de angustia, histeria de conversión. Su carácter mas saliente es la posibilidad de hacer desaparecer por completo el montante de afecto. El contenido ideacional de la representación del instinto es sustraído por completo de la conciencia como formación sustitutiva. Hallamos una inervación de extraordinaria energía, inervación de naturaleza sensorial unas veces y otras veces motora, que aparece como excitación o como inhibición. El proceso represivo de la histeria de conversión termina con la formación de síntomas y no necesita continuar en un segundo tiempo, como en la histeria de angustia.
En la neurosis obsesiva, tiene como premisa una regresión que sustituye la tendencia es lo que sucumbe a la represión. La formación de sustitutivos y la de síntomas se muestran aquí separadas y se nos revela una parte del mecanismo de la represión. Esta ha realizado, como siempre, una sustracción de libido; pero se ha servido, para este fin, de la formación reactiva, por medio de la intensificación de lo opuesto. La ambivalencia que hubo de facilitar la represión por medio de la formación reactiva facilita también luego el retorno de lo reprimido. El afecto desaparecido retorna transformado en angustia social, angustia moral, escrúpulos y reproches sin fin, y la representación rechazada en sustituida por un sustituto por desplazamiento que recae con frecuencia sobre elementos nimios e indiferentes. La mayor parte de las veces no se descubre tendencia ninguna a la reconstitución exacta de la representación reprimida. El fracaso de la represión del factor cuantitativo afectivo, hace entrar en actividad aquel mecanismo de la fuga por medio de evitaciones y prohibiciones que ya descubrimos en la formación de las fobias histéricas.

LO INCONSCIENTE, La esencia del proceso de la represión no consiste en impedirle hacerse consciente. Dicha idea está en un estado de ser inconsciente. Todo lo reprimido no forma parte por si solo todo el contenido de lo inconsciente, es por tanto una parte de lo inconsciente.
¿Cómo llegar al conocimiento de lo inconsciente? Solo lo conocemos como consciente. Para llevarla a cabo es necesario que el analizado venza determinadas resistencias.
La existencia de lo inconsciente en necesaria y legítima; es necesaria porque los datos de la conciencia son altamente incompletos. Todos estos actos conscientes resultarán faltos de sentido y coherencia, si mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros actos psíquicos ha de sernos dada a conocer por nuestra conciencia.
Es una pretensión insostenible el exigir que todo lo que sucede en lo psíquico haya de ser conocido por la conciencia; la conciencia solo integra en un momento dado un limitado contenido, la mayor parte de aquello que denominamos conocimiento consciente tiene que hallarse de todos modos, durante largo periodos de tiempo, en estado de latencia; estado de inconsciencia psíquica.
Podemos afirmar que la equiparación de lo psíquico con lo consciente es por completo inadecuada. Así pues, es aconsejable enfocar nuestra atención en primer término a aquello que de la naturaleza de tales estados nos es seguramente conocido. Los caracteres físicos de estos estados no son totalmente inaccesibles. En cambio es indudable que presentan amplio contacto con los procesos anímicos conscientes. Cierta elaboración permite incluso transformarlos en tales procesos o sustituirlos por ellos.
La aceptación de lo inconsciente es además perfectamente legitima, es tanto en cuanto al establecerla no nos hemos separado un ápice de nuestra manera de pensar. La afirmación de que también los demás hombres poseen una conciencia es una conclusión que deducimos per analogiam, basándonos en sus actos y manifestaciones perceptibles y con el fin de hacernos comprensibles su conducta. La experiencia muestra también que cuando se trata de otras personas sabemos interpretar muy bien; incluir en la coherencia anímica aquellos mismos actos a los que negamos el reconocimiento psíquico cuando se trata de nosotros mismos.
Este procedimiento deductivo, aplicado no sin cierta resistencia interna a nuestra propia persona, no nos lleva al descubrimiento de un psiquismo inconsciente, sino a la hipótesis de una segunda conciencia reunida en nosotros a la conciencia que nos es reconocida. Pero en segundo lugar, los procesos anímicos latentes deducidos gozan entre si de gran independencia, pareciendo no hallarse relacionados ni saber nada unos de otros.
Según nos revela la investigación psicoanalítica, una parte de tales procesos latentes posee caracteres y particularidades que nos parecen extraños, increíbles y totalmente opuestos a las cualidades por nosotros conocidas de la conciencia. La hipótesis psicoanalítica de la actividad psíquica inconsciente constituye en un sentido una continuación del animismo y en otro, como una extensión de rectificación. La inconsciencia no es sino uno de los múltiples caracteres de lo psíquico, no bastando, pues, por si solo para formar su característica.
Un acto psíquico pasa por dos fases con relación a su estado entre las cuales se halla intercalada una especie de examen. En la primera fase el acto psíquico es inconsciente y pertenece al sistema Inc. Si al ser examinado por la censura es rechazado, le será negado el paso a la segunda fase, reprimido y tendrá que permanecer inconsciente. Pero si sale triunfante del examen, pasará a la segunda fase y a pertenecer al segundo sistema, su relación con la conciencia no quedará fijamente determinada por su pertenencia al sistema, pero si capaz de conciencia. Quiere decir que bajo determinadas condiciones puede llegar a ser, sin que a ello se oponga resistencia especial alguna, objeto de la conciencia, preconsciente.
Cuando un acto psíquico pasa al sistema Inc. pasa del sistema Inc. al sistema Cc, ¿hemos de suponer que con este paso se halla enlazado un nuevo registro, o como pudiéramos decir, una segunda inscripción de la representación de que se trate, inscripción que de este modo podrá resultar integrada en una nueva localidad psiquica y junto a la cual continúa existiendo la primitiva inscripción inconsciente.
Un instinto no puede devenir nunca objeto de la conciencia. Pero tampoco en lo inconsciente puede hallarse representado más que por una idea.
La represión es un proceso que recae sobre ideas y se desarrolla en la frontera entre los sistemas Inc y Cc. La idea reprimida conserva en el sistema Inc. su capacidad de acción, debe pues conservar también su carga.
En la histeria de angustia se desatiende con frecuencia una primera fase del proceso. Consiste esta fase en que la angustia surge sin que el sujeto sepa que es lo que le causa miedo.
En la histeria de conversión es transformada la carga institiva de la idea reprimida en una inervación del síntoma.
El módulo del sistema Inc. está constituido por representaciones de instintos que aspiran a derivar su carga, o sea por impulsos de deseos.
Los procesos inconscientes no se nos muestran sino bajo las condiciones del fenómeno onírico y de la neurosis, o sea cuando los procesos del sistema Precc. Superior al Inc., son retrocedidos por una regresión a una fase anterior.
La descarga del sistema Inc. tiene lugar por medio de la inervación somática que lleva al desarrollo de afecto, pero también estos medios de descarga le son disputados, como ya sabemos por el sistema Precc
El sistema Inc posee una gran vitalidad, es susceptible de un amplio desarrollo y mantiene una serie de otras relaciones con el Precc. entre ellas la de cooperación. Entre las ramificaciones de los impulsos inconscientes, existen algunas que reune n en si las determinaciones más opuestas. Por un lado presentan un alto grado de organización, se halla exentan de contradicciones.
La cooperación entre un impulso preconsciente y otro inconsciente, aunque este último esté intensamente reprimido, puede surgir cuando el impulso inconsciente es capaz de actuar en el mismo sentido que una de las tendencias dominantes. En este caso, queda levantada la represión y permitida la actividad reprimida, a título de intensificación de la que el yo se propone. Lo inconsciente se hace ego-sintónico, pero sin que su represión sufra modificación alguna.
Comprobamos que la frustración con respecto al objeto traía consigo la eclosión de la neurosis, que ésta integraba la renuncia al objeto real, y que la libido sustraida al o objeto real retrocedía hasta un objeto fantaseado y desde él, hasta un objeto reprimido.
Uno de los enfermos de Tausk, una muchacha que acudió a su consulta poco después de haber regañado con su novio se queja: Los ojos no están bien están torcidos; la relación del contenido con un órgano del soma llega a arrogarse la representación de dicho contenido en su totalidad. La frase esquizofrénica presenta así un carácter hipocondríaco, constituyéndose en lenguaje del órgano.
El movimiento de posición es una representación de la palabra fingir y de la identificación con el novio, cuyo contenido es una inervación somática. En la esquizofrenia quedan sometidas las palabras al mismo proceso que forman las imágenes oníricas partiendo de las ideas latentes del sueño, o sea del proceso psíquico primario, Las palabras quedan condensadas y transfieren sus cargas unas a otras por medio del desplazamiento.
Examinaremos la extraña y sutil diferencia existente entre las formaciones sustitutivas de la esquizofrenia por un lado y las de histeria y la neurosis obsesiva por el otro. El análisis demuestra que hace desarrollarse en la piel de su rostro un complejo de castración. Es evidente que el acto de reventarse las espinillas de la cara, haciendo surgir al exterior su contenido es en este caso una sustitución del onanismo. Un histérico no convertirá nunca un agujero tan pequeño como el dejado por la extracción de una espinilla en símbolo de la vagina, que la multiplicidad de los agujeros le impediría igualmente tomarlos como símbolo genital femenino.
Lo que sucede es que la presentación consciente integra la imagen de la cosa más la correspondiente presentación verbal, mientras que la imagen inconsciente es la presentación de la cosa sola.
La represión niega a las presentaciones rechazadas en la neurosis de transferencia. Les niega la traducción en palabras, las cuales permanecen enlazadas al objeto. Una presentación no concretada en palabras o en un acto psíquico no sobrecargado, permanece entonces en estado de represión en el sistema Inc.La tentativa de fuga del yo, que se exterioriza en la sustracción de la carga consciente, sigue siendo un elemento común (a ambos tipos de neurosis).

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